Hace frío. Las manos de Luis Paca están entumecidas. El jornalero hace un esfuerzo para cosechar la cebolla en la chacra de Luis Tustón. Se protege de la garúa con un plástico. Trabaja en la comunidad Jaloa La Playa, ubicada a 10 km del centro de Quero, en Tungurahua. Su jornada se inicia a las 08:00 y termina a las 17:00.
Es jueves. Hay lluvia y neblina en este pueblo compuesto por casas dispersas de bahareque y techo de teja. Para Paca lo importante es ganar los USD 8 diarios que Tustón le paga por su labor.
A la semana este agricultor, oriundo de la parroquia San Andrés del cantón Riobamba, en Chimborazo, recibe USD 40. “Aquí pagan más que en Riobamba. Allá en un día de trabajo se recibe USD 5. Es bueno porque nos dan la alimentación y un cuarto para dormir”, dice, mientras hunde sus dedos en el lodo y saca los tallos de cebolla blanca.
Paca desconoce que el salario mensual es USD 240. Dice que está conforme con lo que recibe porque no tiene que pagar arriendo ni comida. El fin de semana, cuando termina su tarea, este chimboracense regresa a casa.
En las tiendas del centro de Quero compra arroz, máchica, azúcar, fideos, aceite y carne para llevar a su familia. “Por lo menos hay trabajo y tenemos qué llevar a la casa. En Riobamba no hay dónde laborar”, enfatiza.
A pocos pasos está José Acambaca, otro de los jornaleros contratados por Tustón. El muchacho, vecino de San Andrés, también trabaja en la extensa chacra donde se siembra cebolla y papas.
Calza botas de caucho y viste dos pantalones ‘jean’, una gorra de lana y una chompa; trata de aplacar el intenso frío mañanero.
Al día Acambaca cosecha hasta 200 atados de cebolla que luego su jefe los vende en el mercado Mayorista de Ambato. “En este sitio trabajamos tres personas, somos de San Andrés. El dueño del cultivo nos conoce, con él trabajamos desde hace cinco años, es una buena persona”. También gana a la semana USD 40.
Con el dinero compra los alimentos y cancela USD 30 mensuales por un juego de dormitorio que compró el año pasado. La labor de los jóvenes es inspeccionado por Tustón, de 65 años. El sexagenario cuenta que sus tres ayudantes son buenos trabajadores.
Por eso les contrata siempre y les da un espacio en su casa. Ellos se encargan de sembrar y cosechar la cebolla. Cuenta que no tiene dinero suficiente para pagar USD 240 a cada trabajador. “Es difícil pagar esa cantidad, porque no tengo grandes extensiones de cultivos, son pequeños terrenos”.
Tustón invirtió USD 1 100 en sus sembríos. Para recuperar estos gastos cada semana cosecha
1 200 atados de cebolla que se ofertan cada lunes en el mercado Mayorista. Por la venta recibe 780 en la semana. Con esto, paga a los empleados, compra víveres y ahorra para la próxima cosecha.
Junto a la vía Ambato-Quito está la parroquia Unamuncho, uno de los sectores productivos más importantes de Ambato. En este sitio se cultivan legumbres y hortalizas que se venden en todo el país.
En una de las propiedades labora Patricia Rivera. Esta muchacha también recibe USD 40 por cinco días de trabajo. “Es un buen salario porque antes ganaba USD 6 la semana en un taller de costura. Con el dinero ya puedo comprarme ropa y alimentos”.
El trabajo de Rivera consiste en cosechar cebolla colorada en la propiedad de Bolívar Lagua. Este agricultor se lamenta porque la sequía afectó el cultivo. Antes cosechaba 200 sacos de cebolla por cada cuadra, ahora tan solo 50.
“Estimo que por la venta de la cebolla obtendré USD 900. No cubre ni siquiera la inversión de USD 1 000, peor para cancelar USD 240 mensuales a cada uno de los trabajadores”.
En la Inspectoría de Trabajo de Tungurahua no se registran denuncias de jornaleros. Uno de los funcionarios de esta dependencia, que pide la reserva, indica en los próximos días se iniciarán los operativos con el fin de sancionar a quienes incumplen. Esta Inspectoría insiste en que los jornaleros deben ser afiliados al Seguro desde el primer día de trabajo.
Punto de vista
Marcelo Caviedes/ Experto
‘El sector carece de cultura laboral’
Aunque en la remuneración básica de USD 240 rige plenamente para el sector agrícola, hay una serie de factores que influyen en que se incumpla esta norma.
Históricamente, entre los agricultores hay una tremenda informalidad. No existe una cultura laboral porque el campesino conoce muy poco acerca de sus derechos y de sus obligaciones. Y no ve la razón para tener estabilidad o reclamar sus beneficios.
Simplemente vive el día a día y continuamente está migrando. Un día está en Guayaquil, al otro día en Manabí y al día siguiente en el Oriente. Hay una gran movilización interna del campesino en busca de trabajo.
El mismo esquema del jornalero que recibe un pago por un trabajo específico se convierte en un sistema de explotación laboral porque el trabajador no tiene ningún tipo de garantía.
Ante ello, el Estado debe ejercer un mejor control a través de los inspectores del Ministerio de Relaciones Laborales, quienes deben vigilar que tanto trabajadores como empleadores cumplan sus obligaciones ante la Ley.
En el control también deben estar involucradas entidades como el Seguro Social y Rentas Internas. El pretexto de no percibir lo suficiente para pagar la remuneración básica no es un argumento válido del empleador para pagar cualquier cosa. Debe haber un diálogo sociolaboral donde se capacite a empleadores y trabajadores para llegar a un punto de equilibro en que las partes queden satisfechas dentro del marco legal.