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| Jefferson Pérez: del podio a los lienzos |
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Publicado el
Domingo, 25 Octubre, 2009 9:33
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El más destacado deportistas ecuatoriano de todos los tiempos ya había sido objeto del homenaje estatuario del bronce en Cuenca, su ciudad natal, y en Quito, aunque en esta última estuvo a punto de ser sustraída la efigie colocada en el parque La Carolina. Lo que no han aclarado las investigaciones es si el frustrado robo fue causado por el impulso irresistible de algún fan que quiso guardar la figura del atleta solo para sí, quién sabe si junto a otros recuerdos del marchista, o si se trataba, como casi siempre ocurre, de un vulgar expolio para fundir el metal y aprovecharse de su precio en el mercado.
Cualquiera que haya sido el móvil de la intentona, el concurso promovido por el Banco Pichincha para llevar la imagen del campeón a la tela puede verse como una reparación moral ante el atentado pero, sobre todo, como un legítimo tributo a las reiteradas hazañas en las pistas de quien, con pleno derechom se ha convertido en un símbolo de superación y disciplina, pero también de sencillez, humildas y sensatez. No hay que olvidar que ante el amago de algún clan político para embarcarlo en una aventura electoral, cortó por lo sano y, negándose en redondo, dio un ejemplo que otros mucho menos famosos que él no han sido capaces de ofrecer.
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| Perpetuar la imagen |
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Los antiguos griegos tuvieron por costumbre erigir esculturas para perenizar las victorias de los atletas, cuyas cabezas, además, eran ceñidas con coronas de laurel. Semejante hábito, que en general no se extendía ni a los poetas ni a los políticos, demuestra la popularidad de la que gozaban los deportistas, amparados por el carácter religioso que tenían las justas en las que participaban, de las cuales recordadas y conocidas son los juegos olímpicos, resucitados por el barón de Coubertin a fines del siglo XIX.
Por lo que concoe la historia, los helenos no fueron los únicos en darles sentido trascendental a las disciplinas físicas. También los pueblos de México y América Central precolombinos, comenzando por los olmecas, incluyeron en sus rituales religiosos los deportes, de los cuales el más extendido era el juego de pelota que, según varios investigadores, terminaban con el sacrificio del capitán del equipo perdedor.
En los dos ámbitos, se cree que el sentido último de las pruebas se centraban en el afán de propiciar la fertilidad de la tierra, mientras que los sacrificios humanos, como entre los mayas, en la búsquedadel equilibrio cósmico o en los intentos de adivinar la suerte. Combate ritual, entrenamiento para la guerra o dirimencia de linderos, rito iniciático o agrario, juicio de dios o confrontación para decidir, cada cierto tiempo, si el soberano no podía seguir gobernando o debía ser sucedido por un rival más capacitado, cualquiera que haya sido el origen del deporte en los distintos pueblos antiguos, al potenciarse la espectacularidad y el azar que acompañan a las competencias, devino en lo que hoy tenemos: un fenómeno social de amplísima difusión y consumo, que ha concentrando grandes intereses económicos, originando mafias y atizando nacionalismos y regionalismos.
No tiene nada de extraño que, en el contexto de una cuasi idolatría generalizada, los héroes deportivos -hoy como ayer- se hagan merecedores a los fastos del metal, el mármol, los pinceles, el cine.
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| Los artistas del concurso |
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Alrededor de veinte artistas fueron invitados al concurso pictórico sobre la figura de Jefferson Pérez, pero solo once enviaron sus trabajos, que expuestos y analizados dejan ver algunos de los progresos y algunos de los deslices de los autores. Enriquestuardo Alvarez, fiel a su opción de los grandes rostros, en close up, ha plasmado el retrato del campeón en tonalidades sepías tirando a dorado, mientras en la parte inferior del cuadro hay una serie de encenas referidas a la marcha atlética y las contingencias por las que ha pasado JP. La mayoría de participantes ha preferido mostrarlo tense, sonriente o agotado, mientras entrenaba, en plena competencia, acelerando el paso, al llegar a la meta. Wilson Paccha lo presenta de frente, sobre la pista a toda marcha, encuadrado por catorce círculos, en seis de cuales aparece el campeón, mientras en los demás se observa una especie de oleajes que talvez aluden a los vaivenes del triunfo y la derrota en los lides. |
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Patricio Ponce lo muestra en la rutina de la preparación cotidiana, a la orilla de un río, quizás el Tomebamba, acompañado de una jauría de perros callejeros; es posible que la escena trate de recordarnos la modestia del medio donde se fue forjando la férrea voluntad y disciplina que acabaron en las más altas cimas del atletismo mundial. En medio de la parafernalia urbana que a menudo es la clave de sus pinturas, Agustín Patiño lo exhibe marchando en fila y cuadruplicado, cada figura en un momento y actitud diferentes, denotando los múltiples lauros alcanzados. El escenario resulta pintoresco, cuencano en el primer plano, metropolitano en los de atrás: rascacielos neoyorquinos, la torre Eiffel parisina y, por ahí, casi perdidos, hasta el Bolívar y el San Martín de la Rotonda guayaquileña. Sin embargo, el abigarrado conjunto peca de exceso y margina al marchista.
Julio Montesinos, al recurrir al esplendor de un cielo encamado, el sol dorado y el halo glorioso que envuelve al triunfador, se inscribe entre los culto- res de la alegoría de reminiscencias operísticas o, acaso, exaltadoras de una causa nacional o rehgiosa. La caracterización más desconcertante es la que ha fraguado Ricardo Montesinos, que convierte a JP en una especie de momia egipcia, desmenuzada en mosaicos, quien sabe con el objeto de insinuar la inmortalidad de la hazaña deportiva. Ariel Dawi se va por el lado de la figuración informalista, que apenas concede lugar a una borrosa remembranza del personaje y sus circunstancias. Otro que apuesta a la evanescencia es Nelson Santos, que lo reitera en figuras diminutas ante un insondable fondo azul oscuro, sobre unas palabras atribuidas al protagonista. |
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| Los vencedores |
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El jurado, conformado por el coleccionista Wilson Granja, el diseñador gráfico e impresor Francisco Valdivieso y el crítico que suscribe esta nota, adjudicó el primer premio al artista cuencano Patricio Palomeque, considerando que su cuadro maneja un “persuasivo lenguaje formal, concerniente a la contingencia del momento en que el deportista cruza, victorioso, la meta; connotativa resolución cromática que evoca los galardones logrados; dinámica composición, apropiada para resaltar el esfuerzo y la tensión propios de la competencia, el acertado encuadre de la escena, alusivo a los efectos que consiguen los modernos medios visuales de comunicación; versatilidad de la imagen lograda, destinada a ser difundida en carteles, postales y videos”.
Las dos menciones, equivalentes, han sido adjudicadas al manabita Carlos Rosero y al guayaquileño Marco Alvarado. En el primer caso, en consideración “a la factura del cuadro y a la poderosa figura del atleta en plena marcha”; en el otro, porque se aprecia “el sentido del retrato despojado de cualquier adjetivación y referencia circunstancial”. Ahora, los lectores tienen la oportunidad de mirar las obras aquí reproducidas y emitir sus propios juicios.
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Por: Lenin Oña
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Fuente: Mundo Diners # 327 |
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